Hab. 3:17-19: “Aunque la higuera no florezca, ni en las vides haya frutos. Aunque falte el producto del olivo y los labrados no den mantenimiento, y las ovejas sean quitadas de la majada y no haya vacas en los corrales; con todo, yo me alegraré en el Señor y me gozaré en el Dios de mi salvación. El Señor es mi fortaleza”.

Pues ya está!! En un abrir y cerrar de ojos ha sucedido lo inimaginable: El mundo, tal y como lo conocíamos ha saltado por los aires y nada volverá a ser igual. No es que todo, de pronto, se haya detenido, sino que se ha transformado radicalmente y para siempre. Y los seres humanos somos la parte más sensible de ese proceso, porque no va a cambiar solo lo que hacemos, sino sobre todo lo que somos y cómo nos interpretamos a nosotros mismos en este nuevo escenario. Por eso, se hace necesario comenzar a resetearnos desde el principio para iniciarnos en un nuevo aprendizaje.

En un artículo publicado el pasado 23 de marzo en el diario “El País”, Berna González escribía: “El mundo real ha muerto, viva el mundo real”. Parece una contradicción, pero es solo aparente porque esa paradoja se encuentra al servicio de un mensaje: La nueva realidad quiere tomar la palabra, pero hay que dejarla hablar; y una vez que ha hablado es necesario respetar su palabra. Frente a este suelo tan volcánico y desconcertante en el que hemos de aprender a vivir de nuevo, conviene imitar la estrategia del caracol que, después de todo, evoca valores humanos y cristianos: Andar despacio y no cargar con nada más allá de lo necesario.

El profeta Habacuc fue protagonista de un momento de la historia en el que pudo experimentar, como nos sucede hoy, la vida entre dos mundos: Uno de aparente tranquilidad y prosperidad y otro de sufrimiento y destrucción. Cuando todo era calma, bienestar, paz y progreso, repentinamente se transformó en un drama de dimensiones apocalípticas para el que nadie estaba preparado. Y, entonces, la contemplación de una realidad tan inexplicable suscitó en él preguntas muy serias: ¿Pero esto qué es? ¿Hay alguien ahí fuera que pueda poner orden en el caos? ¿Quién reina en la historia? Habacuc es, de algún modo, el portavoz de las grandes preguntas que creyentes y no creyentes se han hecho a lo largo de la historia contemplando un mundo cambiante, contradictorio, desconcertante, roto y decadente.

¿Cuál es el itinerario del profeta en su diálogo con Dios?

1. Insumisión ante una realidad contradictoria.

Como sucede a menudo, a Habacuc le resulta casi imposible reconciliar lo que cree con lo que ve. Descubre en la realidad demasiadas piezas del “puzle” que no le cuadran. Y no se calla. No reprime las tensiones internas al contemplar su mundo patas arriba y cabeza abajo ¿Reina Dios en la historia? ¿O hay que dejar que todo fluya en medio del caos?

Hab. 1:13 – … ¿Por qué guardas silencio?…

¿Son el dolor, la impotencia y la inseguridad todo lo que podemos esperar mientras Dios mira hacia otra parte sin que, aparentemente, le preocupe lo que sucede?

2. Se sitúa a la espera de respuestas convincentes por parte de Dios.

No le vale el silencio. No finge una actitud de piadosa espiritualidad que “trague” todo lo que está pasando cerrando los ojos y mirando al cielo. Hay demasiadas preguntas no contestadas y quiere una explicación.

Hab. 2:1 – “Me mantendré alerta… estaré pendiente de lo que me diga y de su respuesta a mi reclamo”.

La respuesta de Dios no es una sucesión de explicaciones detalladas sobre los acontecimientos, porque no aclara las razones últimas del sufrimiento, ni arroja luz acerca de los grandes interrogantes de Habacuc, pero propone un desafío a la vida personal del profeta extensivo a todo el pueblo de Dios: “El justo por la fe vivirá”. El justo es aquel que construye su interpretación de la vida sobre el suelo firme de la fidelidad/lealtad al Dios verdadero. Sólo el que hace esta opción fundamental está preparado para aprender a afrontar lo nuevo sin importar lo difícil y comprometido que esto sea. Porque las preguntas están fuera, pero algunas de las respuestas más importantes están dentro. Ante una realidad imponderable que desborda todas las posibilidades humanas, la multitud de “dioses menores” en los que se pretenda confiar son naderías impotentes con pies de barro: “¿De qué sirve la escultura que esculpió el que la hizo? ¿La estatua de fundición que enseña mentira, para que haciendo imágenes mudas confíe el hacedor en su obra?… El Señor está en su templo; calle delante de él toda la tierra” (Hab. 2:19-20).

Habacuc sabe que se avecinan tiempos muy difíciles: la economía de las empresas y de las familias se desploma sin remedio; el bienestar social desaparece; la carestía de la vida se impone; nada volverá a ser lo mismo que antes, pero sobre todas estas cosas sabe que el fundamento último de su seguridad se encuentra en el Dios que reina en la historia:

“Hab. 3:18 – “Con todo, yo me alegraré en el Señor y me gozaré en el Dios de mi salvación”.

No ignorando la realidad; no viviendo en un submundo imaginario; no practicando una espiritualidad evasiva y escapista. No. Todo lo contrario. El profeta toma conciencia de que lo que se acerca es un largo desierto de necesidades y carencias que van a ser muy difíciles de afrontar; conoce que las circunstancias van a dar un vuelco que lo dejarán a él y a los suyos en una situación de desnudez y vulnerabilidad nunca antes conocida. Pero, aún en medio de la angustia, el dolor y la incomprensión, Habacuc entrega su futuro al Dios Creador porque sabe que, pase lo que pase, no vivirá ninguna circunstancia en la que su gracia no le pueda sostener. Sólo así es posible estar preparados para aprender a vivir lo nuevo.


Con permiso del autor · Artículo original en: Protestante Digital

Imagen de Evan Dennis en Unsplash

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