Un nuevo tiempo nos ha tocado vivir en un mundo diferente al que hemos conocido. Venía en estos días a mi mente el libro de Eclesiastés donde el Predicador, quizás viviendo en los últimos años de su vida, reflexiona sobre la fugacidad de las cosas y la fragilidad humana. En una de las frases más célebres del libro sentencia:

¿Qué es lo que fue? Lo mismo que será. ¿Qué es lo que ha sido hecho? Lo mismo que se hará; y nada hay nuevo debajo del sol. (Eclesiastés 1.9)

Durante los cuatro primeros siglos de la iglesia cristiana, los creyentes tuvieron que vivir, al menos, dos grandes epidemias que afectaron de una forma terrible al imperio romano, con un elevado número de muertos. Para hacernos una idea, la primera, probablemente la viruela, fue hacia el año 165 y se propagó a gran velocidad arrastrando a su paso a unos siete millones de vidas según sostienen algunos historiadores.

En medio de aquella pandemia la fe cristiana creció en número de seguidores, la iglesia fue un testimonio vivo de la esperanza y la ayuda mutua, impactando de una forma considerable en aquella sociedad, nada hay nuevo debajo del sol.

Al final de sus disertaciones, el predicador de Eclesiatés concluye:

El fin de todo el discurso oído es este: Teme a Dios, y guarda sus mandamientos; porque esto es el todo del hombre.
Porque Dios traerá toda obra a juicio, juntamente con toda cosa encubierta, sea buena o sea mala. (Eclesiastés 12.13–14)

Por tanto, a diferencia de la mayoría de las cosas en la vida, la obediencia a los mandamientos (la Palabra) de Dios es de importancia vital porque un día moriremos y nuestro espíritu volverá a Dios.

Un llamamiento en medio de la duda y lo poco previsible de la vida a transmitir esperanza y a volverse a la Palabra de Dios que permanece para siempre.

Escrito por Luis Fajardo

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