Tenemos que confesar nuestra culpabilidad de no saber agradecer a quienes arriesgan su vida por nosotros.

 

Es un ritual solidario, significativo, y sobre todo constante. No sólo es bueno, sino que, además, nos hace recordar nuestra dependencia de miles de personas que nos ayudan. El agradecimiento es un regalo de Dios, porque le hace bien al que recibe el honor, pero también al que lo da, así que algo tan sencillo como salir a la ventana todos los días para aplaudir, tiene cierto sentido.

Como siempre me gusta compartir experiencias personales, déjame decirte que la primera vez que me asomé desde mi habitación para aplaudir, después de veinte días en el hospital, casi no podía hacerlo. Sentía demasiado agradecimiento como para expresarlo en un simple aplauso, y al mismo tiempo un poco de rabia santa (¡no sé si existe eso!), por todo lo que había vivido durante esos días en el centro sanitario: muchísimas personas trabajando más allá de lo imaginable y, por si fuera poco, arriesgando su vida por los enfermos. Equipos médicos y de enfermería, asistentes, el servicio de limpieza, celadores, la gente de cocina, conductores, etc. hicieron lo posible y lo imposible, por mí y por docenas de miles de personas más. No son solo los médicos quienes lo resuelven todo, nada sería posible sin las personas que cuidan cada día hasta el último detalle del trato con el enfermo, y los que limpian tu habitación para que no sea posible ni la más mínima infección, sólo por poner dos ejemplos muy sencillos.

El cuidado y el cariño de todos ellos va mucho más allá de lo que está escrito. Recuerdo en una ocasión cuando no podía parar de temblar y las medicinas no hacían efecto en mi cuerpo; vino uno de los enfermeros y puso su mano sobre mi pecho diciéndome; “Jaime, es el virus que quiere hacerte daño, pero ¡vamos a vencerlo!”. Durante esos veinte días en el hospital no sólo me sentí cuidado, sino también querido, y eso no se puede pagar con nada, por más que uno quiera estar aplaudiendo todo el día.

Esa es la razón por la que no puedo quedarme en los aplausos. En cierta manera, todos tenemos que confesar nuestra culpabilidad de no saber agradecer a quienes arriesgan su vida por nosotros. Culpables de no defender los derechos de tanta gente que trabaja horas y horas para cuidar de nuestra salud, y muchas veces, ni le damos importancia. En muchas ocasiones salimos a protestar y manifestarnos por cincuenta causas diferentes (que no quiero decir que no sean justas), mientras la salud nos interesa muy poco: los recortes presupuestarios se llevan a cabo sin que nadie diga nada, y los recursos en la sanidad son cada vez menores, en proporción a las necesidades que tenemos… mientras todos miramos hacia otro lado, sea cual sea el partido al que votamos.

Culpables de que los gobiernos de muchos países no tengan 35.000 euros para darle a un investigador médico durante un año (por poner un ejemplo), o que se le regateen las subidas salariales a los trabajadores de los hospitales… pero muchos puedan gastarse esa cantidad de dinero en una sola noche de hotel, o en un par de cenas con presidentes de compañías y directores generales de empresas y bancos.

Culpables de estar manteniendo un mundo que vive mayoritariamente de la apariencia, porque todos entramos en la misma dinámica de darle importancia a lo que no la tiene: compramos docenas de accesorios que, la propia palabra lo dice, son accesorios aunque paguemos cientos de euros por ellos, mientras regateamos (¡nosotros también!), el dinero que gastamos en comida, limpieza o sanidad.

Culpables de dedicar más tiempo viendo nuestras series favoritas, ciertos programas de televisión, o incluso a los famosos “youtubers”, que a conversar con nuestra familia. Culpables del tiempo, las fuerzas y el dinero que le damos a personas famosas, a las que seguimos en las redes sociales y conocemos todos sus gustos, lo que hacen y no hacen y no sé cuantas cosas más… mientras a duras penas  sabemos lo que les sucede a quienes amamos y viven cerca de nosotros.

Culpables de adorar a dioses de metal: lo de los grifos de oro en muchas mansiones no es una leyenda urbana; desgraciadamente es cierto. Lo más triste de todo, es que sean, tanto creyentes como no creyentes, los que han entrado en esa dinámica de adoración hacia lo inútil, lo estrafalario y lo absolutamente idiota, mientras 30.000 niños mueren ¡cada día! en el mundo, debido al hambre, o enfermedades relacionadas ella… y a muy pocos les importa.

Culpables de vivir centrados solamente en nosotros mismos, como si el mundo girase alrededor de nuestros objetivos, hasta que nos encontramos en situaciones en las que no podemos hacer absolutamente nada, y, ¡entonces! no tenemos otro remedio que confiar en quienes pueden salvarnos la vida: en los demás, en Dios, y en quién haga falta, porque ¡eso sí! Cuando necesitamos ayuda, somos los primeros en reclamar.

Culpables en defender dos tipos de justicia: una cuando nosotros estamos involucrados, y otra cuando lo están los demás. Al final, nuestra sociedad ha caído en un pozo de egoísmo tan profundo que ha tenido que venir un virus de-no-sé-donde para que aprendamos que, somos tan insignificantes que no podemos ni salir de casa.

No quiero cansarte, pero creo que el mundo no puede ser el mismo que hace solamente tres meses: estábamos viviendo cientos y cientos de situaciones en las que nos habíamos vuelto locos, cegados por todo y por todos. Nuestra decisión ahora es si vamos a seguir cargando con nuestra locura, o vamos a vencerla de una vez por todas.

Yo, personalmente, no quiero seguir siendo culpable de todo eso y mucho más. Sobre todo, cuando intento seguir a Alguien que jamás le importó la apariencia de nadie, que dedicaba su tiempo a comer con los despreciados y nos enseñó que todas las personas tienen el mismo valor sin que importe lo que hacen o la posición que tengan. Alguien que no tenía ni siquiera un traje y una corbata (ya me entiendes) para presentarse delante de los que lo tienen todo, y que prefirió no responderle al rey cuando éste quiso burlarse de él. Alguien que dijo que lo más importante en esta vida es amar a todos ¡incluso a los enemigos! Pero, obviamente, la gran mayoría de este mundo sigue sin hacerle caso.

De una vez por todas, creyentes y no creyentes, necesitamos darle valor a lo que tiene valor, y no a lo que termina destruyéndonos, tanto por dentro como por fuera; como personas y como sociedad.

Si queremos vivir un futuro diferente, necesitamos hacer algo más (¡mucho más!), que aplaudir.


Con permiso del autor · Artículo original en: Protestante Digital

Imagen de Guillermo Latorre en Unsplash.

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