El coronavirus nos ha traído muchas cosas de momento para quedarse, como la distancia social.

La protección para estar cerca de otros y mantener la distancia oportuna, son dos de las muchas medidas para frenar y vencer el avance del virus.

Esto me lleva a pensar en cuando no haya distancias y los abrazos sepan a gloria, como suele decirse.

Cuando no haya distancia y estar cerca y sentirnos sea un tesoro, o quizá un sueño hecho realidad.

Cuando ya no haya distancia y puedas chocar con los amigos, cuando los besos vuelvan a ser algo normal…

Cuando ya no haya distancias y no tengamos miedo de ser transmisores del virus o que alguien nos contagie…

Durante la época de confinamiento, hemos estado separados de muchos de nuestros seres queridos y amigos. Las redes sociales, videollamadas y demás medios NO han podido igualar el vernos cara a cara. Un abrazo intenso que lo diga todo, el sentarte cerca de los que quieres y compartir una cena familiar. Leer libros con tus sobrinos entre los brazos…

Sin embargo, al terminar todo esto, hemos tenido que ser conscientes que teníamos que aprender a guardar estas distancias lo más posible, por amor a los demás y por responsabilidad. ¡Qué difícil es resistirse a un abrazo!

¡Qué difícil estar cerca, pero tener que mantener las distancias!

Quizá esto nos ayude a aprovechar el tiempo con las personas. En muchas ocasiones hemos estado cerca físicamente, pero lejos en presencia, inmiscuidos en nuestros móviles, deseando likes, admiración, aprobación…

En ocasiones hemos creído suficiente dar una palmada en la espalda y no hemos dedicado el tiempo para escuchar el corazón de aquellos que nos rodean.

Es por ello que esta “distancia social” necesaria me ha hecho reflexionar en que quizá, sea el momento de aprender a amar en la distancia, a mostrar cercanía, a preocuparnos por los que nos rodean y darles a las personas valor y atención.

Por eso, no debemos dejar pasar las oportunidades para sumar a los que nos rodean, para mantener la cercanía con aquellos que sufren, para hacer trabajo en equipo, para ser pacientes con aquellos que aprenden y humildes para que otros nos enseñen.

Aprovechar la oportunidad de valorar las cualidades de otros, levantar al que ha caído, saber estar ahí, cerca. Decir te quiero todo lo que podamos y por supuesto, demostrarlo.

Aún detrás de la mascarilla, podemos sonreír y que nuestros ojos demuestren calidez. Que nuestra sonrisa exprese comprensión y empatía en las situaciones.

¡Qué triste ver a personas que después de esta situación se han alejado!, en vez de acercarse, gente que aún le sigue dando más valor a aquello que no tiene relevancia.

¡Ojalá esto también nos enseñe la importancia de respetar y escuchar a nuestros abuelos!

Ama de corazón, a pesar de no poder abrazar.

Mantente cerca de aquellos que a pesar de la distancia sabes que siempre están ahí.

No te guardes los te quiero, ni las gracias, ni las palabras de ánimo.

Haz que las distancias que no son físicas se terminen.

Todo este aprendizaje me hacía pensar en una cita del Apóstol Pablo:

¿Quién podrá separarnos del amor de Jesucristo? Nada ni nadie. Ni los problemas, ni los sufrimientos, ni las dificultades. Tampoco podrán hacerlo el hambre ni el frío, ni los peligros ni la muerte.

En medio de todos nuestros problemas, estamos seguros de que Jesucristo, quien nos amó, nos dará la victoria total. Yo estoy seguro de que nada podrá separarnos del amor de Dios: ni la vida ni la muerte, ni los ángeles ni los espíritus, ni lo presente ni lo futuro, ni los poderes del cielo ni los del infierno, ni nada de lo creado por Dios. ¡Nada, absolutamente nada, podrá separarnos del amor que Dios nos ha mostrado por medio de nuestro Señor Jesucristo!”*

Que precioso que Dios esté interesado en estar cerca de ti y de mí.

El recorrió el camino para acercarse, pero te deja el último paso ¿Quieres disfrutar de esa cercanía y ese amor?

*La Biblia Romanos 8:35,38-39


Con permiso del autor · Artículo original en: Nurse with hope

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